Las llamadas a mi abuela (y la certeza de que ella habla mi idioma)

Vengo llamando a mi abuela más frecuentemente. Por alguna razón que no puedo explicar, nunca lo hice mucho.

Siempre ha vivido lejos. Pero nunca llamé. 

Tal vez porque algo en mí siempre alimentó la esperanza de que al final del año nos veríamos. Y luego podría darle los abrazos más fuertes y acostarme en su pierna para recibir un cariño.

Tal vez nunca llamé porque mis recuerdos con mi abuela siempre pasaron por esos afectos. Y de manera tonta, no llamarla era para mí una cierta garantía de que tendría que volver a verla para intercambiar estos afectos.

Hoy siento que he perdido el privilegio de querer limitar nuestros contactos a lo físico. Sólo por un deseo de querer que nuestros encuentros tengan siempre la misma calidez que la primera vez que volé a Recife y me recibió en la puerta del coche que llegaba del aeropuerto. 

Recuerdo que nunca me sentí tan aliviada en la vida al saber que, como yo, ella también hablaba portugués, incluso viviendo en lo que a mí me parecía tan lejano – a mis ojos de niña la distancia São Paulo-Recife era la más grande que existía. Mi abuela siempre fue esto para mí. La calidez de saber que incluso lejos de casa alguien siempre hablara mi idioma. 

Y duele. Duele perder el consuelo de querer que las cosas sean siempre iguales. Más aún cuando se trata de un cariño de abuela.

Ayer, eché de menos tocar su carita, sobre todo cuando se acercó a pantalla y pude ver sus marcas de expresión. Recordé un pasado no tan lejano pero que parece una eternidad atrás, en la que podía apretar su cara y decir “abuelita” cada mañana la última vez que vino a visitarnos. 

Podía oler su apartamento en Olinda mientras empacaba la cama y me hablaba. Un olor que sólo tiene su casa y que no puedo describir en absoluto, excepto como “el olor de la casa de mi abuela”. Me preguntaba si algún día volvería a oler ese lugar o si sólo quedaría el recuerdo.  

Pensé que como inmigrante durante los últimos 4 años, ya había dominado el arte de romper distancias por medio de la presencia virtual – y así este momento de caos sería más fácil. 

Gran ilusión. 

Ver a mi abuela en la pantalla del móvil es tan reconfortante como angustiante. Es la prueba de que el futuro es incierto. Y esta incertidumbre es siempre difícil de manejar. 

Pero también hay belleza en estos encuentros virtuales con mi abuela de los que siempre me he privado por el puro apego a los viejos recuerdos. 

Como ella nos visita en São Paulo desde hace algunos años, rara vez tengo la oportunidad de estar con ella en su casa. Y me gusta tanto, tanto estar en su casa.

Siempre está más radiante en casa. Ella da una pequeña sonrisa que casi nunca aparece en São Paulo, donde está constantemente tratando de entender el “dónde” y el “por qué” de las cosas. Me gusta verla sustituir el “De donde yo vengo no hay tal cosa, no” con una cara cerrada de la que habla en Sao Paulo con “Amo a mi Olinda” con ojos felices que repite en su ciudad.

También me encanta que mi abuela tenga exactamente la misma costumbre que yo de colgar fotos en la pared. Y cuando llamo, ella se empeña en mostrármelas. “Mira lo hermosa que te ves en esa”. “Aquí está la pequeña de mamá”, dice, señalando a la foto de mi mamá con la voz de quien está hablando de su bebé. 

En la sala, tiene una foto de mi abuelo, que murió en 2006, e insiste en decir “Tu abuelo, qué hermoso” en un tono apasionado y con los ojos brillantes cuando pasa junto a él. Y creo que no hay nada más bello que este amor que aún alimenta por mi abuelo después de casi 70 años de matrimonio.

Mi abuela también me muestra el mar desde su balcón. Y así, al menos, tengo la oportunidad de ver el océano sin salir de casa. Hay algo en ver el mar que me hace sentir más cerca de ella. Tal vez porque sé que aunque no puedo verlo desde mi ventana, un poco de océano también está a unos metros de distancia de mi casa. Y que sólo compartimos eso porque estamos en lados opuestos del mundo, porque São Paulo no tiene playa.

Los tiempos son duros pero, al final, mi abuela todavía habla mi idioma. No importa lo lejos que esté. Y eso no cambia.

Published by Mira.Me Project

Written by Leila Maciel, a Brazilian girl who insists on calling the world her home. Escrito por Leila Maciel, uma Brasileira que insiste em chamar o mundo de casa. Instagram: @mirameproject

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