Las llamadas que he dejado de hacer a mi mamá

Si antes mencioné las llamadas que he empezado a hacer a mi abuela desde el principio de la cuarentena, hoy quiero hablar de las llamadas que he dejado de hacer a mi mamá – por las llamadas que hace a otros. 

Calma, lo explicaré. 

Mi madre es doctora. Paliativista. Trabaja en un hospital público en São Paulo. Y durante esta pandemia, se le fue dada la misión de llamar a las familias de los pacientes que están en la UCI por Covid-19 para dar noticias diarias de cómo están sus seres queridos. Y para mí es increíble la capacidad que ella tiene de ser puente para los afectos entre el mundo de “aquí dentro” y “afuera” en estos tiempos de confinamiento.

Decidí hablar de algo tan personal como la relación con mi mamá aquí porque mucho de lo que es este proyecto y la propuesta de mirar a América Latina con atención y afecto viene de observar la mirada atenta y cariñosa de mi madre a su trabajo. Y en estos tiempos en que el presidente de Brasil tiene la cobardía de decir “¿y qué?” delante del número de muertos por Covid-19 en el país, es el cuidado y la atención que ella dedica a los demás lo que me ha servido de refugio.

Nos hablamos menos – o quizás esa es mi impresión ahora que el tiempo ya no hace tanto sentido. Cuando llamo por la mañana, está lista para ir a trabajar. “Hola querida, tengo que hablar rápido porque tengo que estar pronto en el hospital.” Y por la noche, veo que está agotada. Su fisonomía ha cambiado. Su voz ha cambiado. Es casi como si pudiera ver el peso del mundo que lleva a la espalda. 

Aun así, en los espacios que encontramos para hablar, me cuenta las historias que escucha y vive todos los días. Creo que de ahí viene mi necesidad de contar historias todo el tiempo, la he heredado de ella. Se preocupa de mencionar todos los nombres, edades, profesiones y particularidades de la familia de los pacientes que acompaña. Porque sabe lo importante que es preocuparse. Porque sabe que nadie merece un “¿y qué?”. Porque sabe que nadie es sólo un número para las estadísticas.

Por eso, cada alta es una tremenda victoria y cada muerte es una dolorosa pérdida – para ella, para el personal del hospital, para la familia del paciente y para mí. Porque últimamente nuestra vida se ha entrelazado con las historias que vive en el hospital. “Es imposible no involucrarse, ¿no?,” comenta.

En las últimas semanas escuché la historia de una empleada del hospital que “tuvo la peor tomografía que he visto en mi vida” que se recuperó y pudo volver a casa para reunirse con sus hijos de 8 y 5 años.  “Su marido me dijo: ‘Cuánto he sufrido por esta mujer, doctora, no puede volver a dejarme'”, dice mi madre con una emoción que sólo pueden tener los que se dedican al cuidado real. 

También escuché la historia de un paciente que falleció al día siguiente, debido a un descuido en el sistema, mi madre no tuvo acceso a los registros médicos y no pudo actualizar a su familia. “Me sentí tan triste, porque no pude decirle a la familia cómo estaba en el último día de su vida”, comenta mi madre. 

“Pero llamé más tarde para ver cómo estaban y la hija me dijo: ‘Me aseguraré de ir a abrazarte cuando todo esto termine'”, añade. Y sé que son esos pequeños gestos los que la motivan cada día.

Me gusta cómo se fija en la delicadeza de la vida y siempre trata de hablar de las cosas buenas que suceden en esta sofocante realidad que es el Brasil de Bolsonaro. Esta semana mi madre me contó sobre las empanadas que le regaló un paciente argentino que fue dado de alta. También me envió un video de la hija de un paciente agradeciéndole su atención y afecto en estos momentos. 

Desde aquí, respiro un poco más aliviada al saber que la atención que da, también vuelve a ella de alguna manera. Y que en medio de este caos, no le falta afecto – aunque no se permiten los abrazos, ni los besos. 

Si hablar con mi abuela es asegurarse de que el futuro es incierto, hablar con mi madre es asegurarse de que el presente es duro – pero que mantener la dulzura en tiempos de odio es también una forma de resistencia.  

“No estamos en guerra. Esta es una crisis humanitaria, llamada pandemia. Nuestra misión es cuidar”, concluye con la certeza de que el afecto es siempre la mejor arma.

Published by Mira.Me Project

Written by Leila Maciel, a Brazilian girl who insists on calling the world her home. Escrito por Leila Maciel, uma Brasileira que insiste em chamar o mundo de casa. Instagram: @mirameproject

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