“De Arepa en Budare”: Luísa y la fuerza que aún resiste en Venezuela

“Jamás, jamás, mismo con la peor situación que vivimos ahora, abandono a mi país. Soy venezolana, como decimos aquí, ‘de arepa en budare'”. Es una de las primeras frases que me dice Luísa mientras tomamos un café a las 6 de la mañana, en medio de la tranquilidad de la Gran Sabana. 

Tal vez no haya mejor expresión que “de arepa en budare” para describir a Luísa – y tal vez a los venezolanos que permanecen en Venezuela hoy en día. Explico: De todos los productos que vi y consumí en Venezuela, el único que todavía se producía allí, resistente a la decadencia económica del país, era la famosa harina PAN, el ingrediente principal del plato típico del país, la Arepa.

Pero la resistencia va mucho más allá de la harina PAN y arepas. Luísa resiste todos los días. En pequeños y grandes actos. Como los otros venezolanos que he conocido. La resistencia está, por ejemplo, en la comida hecha que llevamos de Santa Elena a la Sabana “por si encontramos a alguien pasando hambre en el camino”. Y también en la misión que acababa de regresar, en el Delta del Río Orinoco, para proporcionar atención médica a la población indígena Waraó.

Me cuenta que la detuvieron 15 veces en los puestos de control del ejército – las Alcabalas – para llegar al delta y que sólo logró pasar por todos ellos con su cédula indígena. También cuenta cómo aprovechó estos momentos en las Alcabalas para abrir el diálogo con los militares. 

“En muchas [Alcabalas] yo decía: ‘estás pálido, no has comido bien, este fusil que llevas  a tu lado, te pesa demasiado… toma una vitamina’. Y les regalaba una vitamina. Y me preguntaban: ” ¿De verdad? ¿Cómo me las tomo?’, ¿sabes? Es una contradicción”, dice en un tono de desafío al sistema que sólo pueden tener aquellos que viven luchando por – y creen en – mejores condiciones.

“En el momento en que les daba una vitamina, diciéndoles irónicamente que ‘el fusil que tiene pesa demasiado porque no ha comido bien’ y me preguntaban ‘¿tienes una galleta? ¿Pan?’…también es una oportunidad para hablar y ese ha sido mi trabajo,” añade.

Además, Luísa es orgullosa de su campamento que hoy en día acoge a unas 20 familias. “Las cabañas que parecen estar y están en estado de abandono, porque no ha mantenimiento, están sirviendo de resguardo a 20 familias. Y así estamos actuando muchos venezolanos. Pasa por un lado y se ve que realmente está abandonado el mantenimiento, pero dentro hay resguardo y así funciona,” dice. 

En tiempos de dictadura, el lugar se ha convertido en un refugio para los profesionales que trabajan en la frontera. “¿Por qué tienen que estar de resguardo? Por qué el gobierno les considera a ellos que son oficios ilegales y por el hecho que vayas a trabajar en Brasil, en Pacaraima y vives en Santa Elena, eres un traidor a la patria,” explica.

Y añade un comentario importante. “Todo esto lo hago en el anónimo. Claro que tengo que estar en anónimo, sino no podría hacerlo. Eso sólo me atrevo a decirte porque no eres venezolana.”

Para Luísa, esta fuerza de resistencia de los que se quedan proviene de la esperanza de ver un país mejor. “En este momento, el amor y la esperanza que tenemos van mucho más allá de un buen vestir y un buen comer. A todos los venezolanos nos gusta tener un aceite de oliva, por ejemplo, porque conocemos el aceite de oliva para comer una buena ensalada. Pero si no lo hay, ¿qué importa? Comemos un poco con aceite vegetal pero podemos seguir, dando nuestro conocimiento y nuestra esperanza”.

Y entiende la situación de crisis también como una oportunidad para revisar y aprender nuevos valores. “Hay algunos que nos ha tocado mantener la esperanza de que, sí, vamos a salir [de esta situación] y nos ha tocado dar alegría a los niños para que no vean tanta carencia y si la vean, no importa,” dice. 

“En ese momento no puedes tener un buen calzado, pero vamos a aprender a caminar descalzos para también sentir la tierra. Entonces, es una manera también de enseñar otros valores, de regresar a la espiritualidad. Todo eso nos mueve a la espiritualidad. Definitivamente,” habla Luísa, con la serenidad de aquellos que han elegido mirar la situación de una manera diferente.

Además, reflexiona sobre los venezolanos que también resisten fuera del país de una manera u otra: “Se han quedado los que todavía creemos que podemos estar y estaremos aquí para recibir a los que se fueron y que vendrán con más sabiduría y más valor de las cosas también. Creo que el venezolano que ha salido ha sido también para demonstrar al mundo la alegría y para hacerlo diferente. Que a pesar de que salieron por una presión de una crisis, nunca pierden el buen humor”.

“Creo mucho en la energía de mi país como un gran país. La situación política es circunstancial. Ha durado mucho tiempo, pero eso también es para aprender a valorar lo que tenemos. Siento que como Venezuela no hay. Y va a ser mejor, incluso,”  dice Luísa con la certeza de que el futuro será positivo.

“Ahorita es una pesadilla, pero vamos a salir de esa pesadilla, indudablemente. Pero tal vez necesitemos eso para valorar el país que tenemos. No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Entonces, yo sí estoy segura de que vamos a salir y será pronto,” concluye.

“De Arepa en Budare”: Luisa and those who still resist in Venezuela

“Never, ever, even with the terrible situation we’re living in now, I would leave my country. I am Venezuelan, as we say here, ‘de arepa en budare’*”. It is one of the first sentences that Luisa tells me while we have a coffee at 6 in the morning, amidst the tranquillity of La Gran Sabana.

Perhaps there is no better expression than ‘de arepa en budare’ to describe Luisa – and the Venezuelans who remain in Venezuela today. And I explain: Of all the products I saw and consumed in Venezuela, the only one that was still produced there, resistant to the country’s economic decay, was the famous harina PAN, the main ingredient of the country’s typical delicacy, the Arepa.

But the resistance goes far beyond harina PAN and Arepas. Luisa resists every day. In the small and the big acts. Just like the other Venezuelans I’ve met. The resistance is, for example, in the cooked food we took from Santa Elena de Uairén to La Sabana “in case we find someone starving on the way”. It is also in the mission that she had just returned from to the Orinoco River Delta to provide medical care to the Waraó indigenous population.

She tells me how she was stopped 15 times at army checkpoints to get to the Orinoco Delta and how she only managed to get through them all because she has an indigenous ID – which gives her permission to access indigenous land. She also tells me how she used these moments at the inspection checkpoints as an opportunity to open the dialogue with the military.

“At many [inspection points] I’d to say, ‘you’re pale, you’re not eating well, this rifle you’re carrying is too heavy…take a vitamin.’ I’d give them a vitamin and they’d ask me, ‘Really? How do I take it?’. You know? It’s a contradiction,” she says in a tone that only those who live fighting for – and believe in – better conditions can have.

“The moment I’d give them a vitamin, ironically saying that the rifle they were carrying weighs too much because they weren’t eating well, and they’d ask me ‘do you have a biscuit? Bread?’… It’s also an opportunity to start a conversation [about the situation of the country]. That’s been my job,” she adds.

In addition, Luisa is also proud of her camp that today welcomes about 20 families. “Today it is a place that seems abandoned, because in fact there are no resources, but it serves as a shelter. So many Venezuelans are living like this. You pass by and the places are really in a state of abandonment, but inside there is shelter and that’s how it works,” she says.

In times of dictatorship, the place has become a refuge for professionals who suffer political persecution. “You have to protect yourself because at the moment there is no legal security. It’s a dictatorship. There is no freedom of speech. There is fake freedom of speech but people still have to work to maintain their families,” she explains.

And then she adds an important comment. “All of this I do in anonymity, otherwise I couldn’t do it. I only dare to say what I’ve said to you because you are not Venezuelan.”

For Luisa, this resistance from those who stay comes from the hope of seeing a better country. “Right now, the love and hope we have go far beyond having something good to dress and to eat. We all like olive oil, for example, because we know how it is like to have olive oil to eat a good salad. But if we don’t have it now, what does it matter? We eat [salad] with a little bit of vegetable oil and we go on, giving our knowledge and our hope to others.”

She also understands the crisis situation as an opportunity to (re)learn values. “For some of us, it was given the mission to keep hope that, yes, we will get out [of this situation] and we have to give joy to the children so that they don’t see so much need and if they see it, it doesn’t matter, the values are others,” she says.

“At that moment, it’s not possible to have good shoes, but let’s learn to walk barefoot so we can also feel the earth. All this definitely moves us to spirituality,” Luisa says with the serenity of those who have chosen to look at the situation from a different perspective.

She still reflects on the Venezuelans who resist outside the country in one way or another: “The ones who remain are those who still believe that they can be here. And we will be here to welcome those who had to leave but will come back with more wisdom and values too. I believe that the Venezuelan who left, went to show the world the joy [we have here] and to make the difference. Although they left due to the pressure of a crisis, they never lose their good humour.”

“I believe a lot in the energy of my country as a great country. The political situation is circumstantial. It’s been going on for a long time but we have to learn to value what we have. I feel like there is no other like Venezuela. And it’s going to be better,” Luisa says with the certainty that the future will be positive.

“Now it’s a nightmare, but we’ll get out of this nightmare, without a doubt. But maybe we need this to value the country we have,” she concludes.

——————————————————————

*the expression aludes to the traditional way of making the country’s typical delicacy -the Arepa- in a circular plate of iron -the budare. Saying someone is “Venezuelan de arepa en budare” is like saying the person is a “true/real Venezuelan”.

“De Arepa en Budare”: Luísa e a força que ainda resiste na Venezuela

“Jamais, jamais, mesmo com a pior situação que estamos vivendo agora, eu abandono o meu país. Eu sou venezuelana, como dizemos aqui, ‘de arepa en budare’”. É uma das primeiras frases que me diz Luísa enquanto tomamos um café às 6 da manhã, em meio a tranquilidade da Gran Sabana.

Talvez não haja expressão melhor do que “de arepa en budare”* para descrever Luísa – e quiçá os venezuelanos que permanecem na Venezuela hoje. E eu explico: de todos os produtos que vi e consumi na Venezuela, o único ainda produzido lá, resistente à decadência econômica do país, foi a famosa harina PAN, ingrediente principal da iguaria típica do país, a Arepa.

Mas a resistência vai muito além de harina PAN e arepas. Luísa resiste todos os dias. Nos pequenos e nos grandes atos. Assim como os outros venezuelanos que conheci. A resistência está, por exemplo, na comida pronta que levamos de Santa Elena para a savana “caso a gente encontre alguém passando fome no caminho”. E também está na missão que ela acabara de voltar no delta do Rio Orinoco para fornecer atendimento médico à população indígena Waraó.

Ela me conta de como foi parada 15 vezes em postos de inspeção do exército para chegar no delta e que só conseguiu passar por todos eles por ter identidade indígena. E também narra sobre como tomava esses momentos nos postos de inspeção para abrir diálogo com militares. 

“Em muitos [postos de inspeção] eu dizia, ‘você tá pálido, não tem comido bem, esse fuzil que você carrega tá muito pesado…toma uma vitamina’. Dava a eles [os militares] uma vitamina. E eles me perguntavam, ‘de verdade? Como eu tomo?’, sabe é uma contradição,” me diz em um tom de desafio ao sistema que só quem vive lutando por  – e acredita em – condições melhores pode ter. “No momento em que eu dava uma vitamina, dizendo, ironicamente, que o fuzil que eles carregam pesa muito porque não têm comido bem e me perguntavam ‘você tem biscoito? Pão?’…é também uma oportunidade de falar e esse tem sido o meu trabalho,” completa.

Além disso, Luísa ainda conta com orgulho de um acampamento dela que hoje acolhe cerca de 20 famílias. “É hoje um lugar que parece abandonado, porque de fato não há mantimento, mas serve de resguardo. E assim estamos atuando muitos venezuelanos. Você passa e os lugares realmente estão em estado de abandono, mas dentro há resguardo e assim funciona,” conta. 

Em tempos de ditadura, o local se tornou abrigo para profissionais que sofrem algum tipo de perseguição política. “E é necessário se resguardar porque no momento não há segurança jurídica. É uma ditadura, não há liberdade de expressão. A liberdade de expressão é disfarçada e as pessoas ainda têm que trabalhar para manter a família,” explica. E ainda acrescenta um comentário importante. “Tudo isso eu faço em anônimo, senão não poderia fazê-lo. Eu só me atrevo a dizer o que disse a você porque você não é venezuelana”.

Para Luísa, essa força de resistência dos que ficam vem da esperança de ver um país melhor. “Neste momento, o amor e a esperança que temos vai muito além de um bom vestir e de um bom comer. Todos nós gostamos de azeite de oliva, por exemplo, porque conhecemos o azeite de oliva para comer uma boa salada. Mas se não temos, o que importa? Comemos um pouco com azeite vegetal e seguimos, dando nosso conhecimento e nossa esperança.”

E entende a situação de crise também como uma oportunidade para rever e aprender novos valores. “Para alguns de nós foi dada a missão de manter a esperança de que, sim, vamos sair [dessa situação] e temos que dar alegria às crianças para que não vejam tanta carência e se a veem, não importa,” conta. 

“Nesse momento não é possível ter um bom calçado, mas vamos aprender a andar descalços para também sentir a terra. Isso é também uma maneira de ensinar outros valores, de regressar à espiritualidade. Tudo isso nos move a espirirualidade, definitivamente,” fala Luísa com a serenidade de quem escolheu para olhar para a situação de maneira diferente.

Ela ainda reflete sobre os venezuelanos que também resistem fora do país de uma maneira ou de outra. “Ficamos todos aqueles que ainda creem que podem estar aqui e vamos estar para receber os que se foram e voltarão com mais sabedoria e valores também. Eu acredito que o venezuelano que saiu também foi para demonstrar ao mundo a alegria [daqui] e para fazer a diferença. E que apesar de terem ido por uma pressão de uma crise, nunca perdem o bom humor.”

“Eu creio muito na energia do meu país como um grande país. A situação política é circunstancial. Tem durado muito tempo mas é para a gente aprender a valorizar o que temos. Eu sinto que como a Venezuela não há. E vai ser melhor, inclusive,” fala Luísa com a certeza de que o futuro será positivo. “Agora é um pesadelo, mas vamos sair desse pesadelo, sem dúvidas. Mas talvez nós precisemos disso para valorizar o país que temos. Eu digo que não há mal que dure cem anos e nem corpo que resista. Então estou segura de que vamos sair e vai ser logo,” conclui.

___________________________________________________

*Algo como em português dizer “Venezuelana raiz”, a expressão “de arepa en budare” faz alusão ao modo tradicional como os indígenas faziam o prato típico do país – a Arepa – em uma chapa de ferro redonda, chamada “budare”

Venezuela: Un hilo de esperanza en medio del caos

Mi tiempo en Venezuela fue corto. Llegué un día y me fui al siguiente. Y siento que necesitaba más para absorber la atmósfera del país que, sí, se está hundiendo en una crisis. Pero en cambio, tiene una gente que no se deja abatir. 

No pude detenerme mucho tiempo para las largas conversaciones que me gusta tener para crear el tipo de contenido que ves aquí porque sentarse y hablar, en realidad, es un hábito de la gente que no se preocupa tanto. Escuché mucho, porque en medio de una agotadora lucha diaria, siento que todos tenían algo que decir. Pero terminé prescindiendo de los registros formales porque hay cosas que de hecho no caben en un grabado y en un cuaderno. 

Dejé de lado muchas veces las formalidades para poder participar en conversaciones sobre la falta de gasolina -que sólo viene una vez al mes en Santa Elena de Uairén- y compartir recetas sobre cómo hacer que los alimentos rindan más. Me tomé el tiempo de descubrir la “verdadera profesión” de la gente antes de la crisis -como los músicos que se convirtieron en mineros y los pilotos que se convirtieron en comerciantes- y entender las razones que hacen de Venezuela un país para quedarse y no para emigrar. 

Vi gente cansada. Vi gente luchando por sobrevivir. Pero también vi gente esperanzada. También vi gente feliz. Incluso lo que más escuché fue que los venezolanos eran alegres y que una de las mayores pérdidas de la crisis era precisamente esta felicidad gratuita. Aun así, pude sentir la alegría que se escapaba en medio de las conversaciones, en el arte que nosotros, los brasileños, también conocemos bien que es “reírse de nuestra propia desgracia”. Y esta clase de alegría sólo podría haberla capturado con una cámara si no hubiera sido parte de ella. Tal vez si hubiera estado detrás de las lentes, no hubiera podido ver las fracciones de segundo en las que todo parecía en la más perfecta normalidad.

Elegí vivir esta felicidad clandestina para tratar de entender la situación en Venezuela más íntimamente. Volví comprendiendo más que antes. Comprendí que la vida siempre sigue y el ser humano siempre se adapta. Comprendí que las situaciones de crisis pueden despertar lo peor, pero también pueden despertar la fuerza. Una especie de fuerza que viene de dentro y que nadie puede quitar. Comprendí que la crisis también enseña una serie de valores que a veces hay que rescatar, como lo bueno que es estar cerca de tus seres queridos o cuán deliciosa es la comida en un plato. No sé si eso es bueno o malo. 

Tampoco puedo decir que no he visto tristeza y cierta nostalgia por lo que el país fue y no es más (y no volverá a serlo nunca más, porque no se vuelve al pasado). Pero aun así sentí que la esperanza era más fuerte, de la misma manera que sentí esperanza cuando estaba en la frontera un año antes.

Esta vez mi viaje fue diferente, el proceso vino de adentro y aquí está mi mirada sincera de lo que vi y experimenté. Esta serie es breve y tiene menos imágenes. Pero tiene más reflexiones. Espero que pueda transmitir un poco de lo que ha sido mi tiempo en suelo venezolano.

Venezuela: A spark of hope in the middle of chaos

My time in Venezuela was short. I arrived one day and left the next. And I feel that I needed more to absorb the atmosphere of the country that, yes, is sinking into a crisis. But in contrast, have people who don’t hold their heads down. 

I didn’t have the chance to stop for the long conversations I like to have to create the content that you usually see here because sitting down for a talk, in reality, it’s a habit of those who don’t have so much to worry about. I spent a lot of time listening, because, amidst a tiring daily struggle, I felt like everyone had something to say. But I gave up on formal interviews because there are things that don’t always fit into a recorder and some notes.

I left the formalities aside several times so I could participate in conversations about the lack of gasoline – which only arrives once a month in Santa Elena de Uairén – and share recipes on how to make food last longer. I took some time to discover people’s “real profession” before the crisis – like the musicians who became miners and pilots who became traders –  and understand the reasons that make Venezuela a country to stay and not migrate. 

I’ve seen tired people. I’ve seen people fighting for survival. But I’ve also seen hopeful people. I’ve also seen happy people. In fact, what I’ve heard most was that the Venezuelans were cheerful people and that one of the biggest losses of the crisis was precisely that happiness. But I could still feel a sparkle of joy sneaking into the middle of conversations, in the art that Brazilians also know too well that is “laughing at our misfortune”. And this kind of joy I could only have captured on camera if I hadn’t been part of it. Maybe if I was behind the lenses, I wouldn’t be able to notice the fractions of a second when everything seemed perfectly normal.

I chose to live this clandestine happiness to try to understand the real situation of Venezuela from an intimate perspective.

I came back understanding more than before. I understood that life always goes on and the human being always adapts. I understood that crises can unleash the worst in people, but they can also unleash strength. A kind of strength that comes from within and that no one can take away. I understood that a crisis also teaches a series of values that sometimes need to be rescued, such as how good it is to be close to those you love or how delicious it is food on your plate. I don’t know if that’s good or bad. 

I also can’t say I haven’t seen sadness and a certain nostalgia for what the country was and isn’t anymore (and it will never be again, because you can’t go back to the past). But I still felt that hope was the strongest feeling there, in the same way that I felt hope when I was at the border a year before.

This time my journey was different, the process came from within and here is my sincere perspective from what I saw and experienced. This series is brief and has fewer portraits. But it has more reflections. I hope it can capture a little bit of what my time on Venezuelan soil was like. 

Venezuela: Um fio de esperança em meio ao caos

Meu tempo na Venezuela foi curto. Cheguei num dia e fui no outro. E sinto que precisava de mais para absorver a atmosfera do país que, sim, está afundando em uma crise. Mas que, em contraposição, tem um povo que não se deixa abalar. 

Não consegui parar muito para as longas conversas que gosto de ter para criar o tipo de conteúdo que se vê aqui porque sentar e conversar, na realidade, é hábito de quem não está preocupado com tanto. Ouvi muito, porque em meio a uma luta cansativa e diária, sinto que todos tinham algo a falar. Mas acabei por dispensar registros formais porque tem coisas que nem sempre cabem em uma gravação e um bloco de notas. 

Deixei formalidades de lado muitas vezes pra poder participar em conversas sobre a falta da gasolina – que só chega 1 vez por mês em Santa Elena de Uairén – e dividir receitas de como fazer a comida render mais.Tomei tempo para descobrir a “profissão real” das pessoas antes da crise – tipo os músicos que viraram mineiros e pilotos que se tornaram comerciantes – e entender os motivos que fazem da Venezuela um país para ficar e não migrar. 

Eu vi gente cansada. Eu vi gente lutando por sobrevivência. Mas eu também vi gente esperançosa. Também vi gente alegre. Inclusive o que mais ouvi era que os Venezuelanos eram alegres e que uma das maiores perdas da crise foi justamente a dessa felicidade gratuita. Ainda assim, consegui sentir a alegria aparecer sorrateira no meio de conversas, na arte que nós, Brasileiros, também conhecemos bem que é a de “rir da própria desgraça”. E esse tipo de alegria eu só poderia ter capturado na câmera se eu não fizesse parte dela. Talvez se eu estivesse por trás das lentes, eu não conseguiria enxergar as frações de segundo em que tudo parecia na mais perfeita normalidade.

Escolhi viver essa felicidade clandestina para buscar entender a situação na Venezuela de forma mais íntima. Voltei entendendo mais do que antes. Entendi que a vida sempre continua e o ser humano sempre se adapta. Entendi que situações de crise podem despertar o pior mas também podem despertar força. Um tipo de força que vem de dentro e que ninguém pode tirar. Entendi que a crise também ensina uma série de valores que as vezes é preciso resgatar, tipo como é bom estar perto de quem se ama ou como comida no prato é gostosa. Não sei se isso é bom ou ruim. 

Também não posso dizer que não vi tristeza e uma certa nostalgia pelo o que o país foi e não é mais (e nunca voltará a ser, porque não se volta ao passado). Mas ainda senti que a esperança era mais forte, da mesma maneira que senti esperança quando estive na fronteira um ano antes.

Dessa vez a minha viagem foi diferente, o processo veio de dentro e aqui vai o meu sincero olhar sobre o que vi e vivi. Essa série é breve e tem menos retratos. Mas tem mais reflexões. Espero que ela possa transmitir um pouco do que foi o meu tempo em solo venezuelano.

Wence: “Nadie en Venezuela esperaba que tuviesen que pasar las festividades solo”

“Cada año nos reuníamos en familia y hacíamos una gran fiesta, con música, alcohol y comida. Mucha comida. Montones de comida. Recuerdo sentarme a cenar cuatro veces”, dice Wence Peraza con el mismo entusiasmo de un chico que habla de lo que le han regalado para Navidad, mientras rememora sus recuerdos de infancia en Venezuela.

Las alegres fiestas y celebraciones de fin de año ahora viven únicamente en la nostálgica recordación del pueblo venezolano mientras el país se hunde más en la peor crisis humanitaria que se haya visto en América Latina. Y la Navidad se convirtió en un recordatorio de lo que el país podría haber sido pero ya no lo es.

Wence ha huido de Venezuela hace más de 10 años. Actualmente vive en Australia, pero la situación sigue afectando su tranquilidad. Para él, el simple hecho de recordar los buenos momentos de su hogar es doloroso.

“Es triste porque en cuanto empiezas a pensar en los recuerdos felices, sabes que no van a volver enseguida”, dice con frustración.

Recuerdos de Venezuela de Wence

El tiempo en familia es una tradición navideña que se ha ido con la crisis. Wence es el mayor de tres hermanos, pero ninguno de ellos vive ya en Venezuela.

Según el último informe de la Organización de Estados Americanos (OEA), ocho millones de venezolanos habrán dejado el país para fines de 2020.

“Las familias están separadas ahora. Se siente mal que los padres tengan que pasar la Navidad sin sus hijos. Nadie en Venezuela esperaba que tuviesen que pasar las festividades solos”, dice Wence.

“La familia es lo más importante. Así que [es triste] cuando tienen que pasar la Navidad solos. Y tienes que pasarla con amigos y crear tu propio tipo de familia fuera de Venezuela porque estás prácticamente solo”.

Pero no tener a la familia cerca no es la única lucha que tienen que pasar los venezolanos. Para los que se quedaron, reunirse para celebrar también puede ser una tarea difícil desde el punto de vista financiero.

“Algunos de mis parientes van a reunirse con mis padres para Navidad y mi padre está tratando de planear un budget para ello. Porque las cosas no son tan buenas y no es posible gastar dinero en cosas que no son necesarias. Por ejemplo, tiene un presupuesto para la comida, pero no puede gastar dinero en un pastel o algo así.”

Poner comida en la mesa ya es un desafío para la mayoría de los venezolanos. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), se espera que la inflación llegue a 10 millones por ciento en 2019.

“Diría que mucha gente en mi familia tiene que sacrificar una comida del día. Lo hacen, ya sea desayuno y almuerzo, almuerzo y cena o desayuno y cena, pero nunca todos”, dice en una mezcla de tristeza e incredulidad sobre la situación actual de su propia familia.

“Para mí, decir que mi abuela, mis tías, mis primos hacen eso es como: “¿Estás bromeando?”

A pesar de este escenario infernal, todavía hay espacio para la esperanza, en ambos lados del mundo. “Mi padre siempre va a conferencias sobre el futuro de Venezuela y cómo será la situación. Todavía tiene la esperanza de que las cosas van a cambiar. Ha estado diciendo eso durante los últimos 16 años”, dice Wence.

Para él también está presente la fe de que vendrán días mejores. “En este momento, lo que Venezuela significa para mí es el futuro. Porque sé que una vez que superemos esto, va a ser un país tan bueno. Va a llevar unos buenos 20 años, pero yo diría que será un país muy bueno para mis hijos”.

Wence: “Ninguém na Venezuela imaginou que teria que passar o Natal sozinho”

“Todos os anos a gente se reunia como uma família e fazia uma grande festa, com música, álcool e comida. Muita comida. Bastante comida. Eu me lembro de me sentar para jantar quatro vezes”, diz Wence Peraza com o mesmo entusiasmo de uma criança que fala sobre o que ganhou no Natal, ao recordar as suas memórias de infância da Venezuela.

As alegres festas e celebrações de fim de ano vivem agora apenas na nostálgica lembrança do povo venezuelano, à medida que o país cai mais profundamente na pior crise humanitária jamais vista na América Latina. E o Natal tornou-se uma recordação do que o país poderia ter sido, mas já não é.

Wence fugiu da Venezuela há mais de 10 anos. Ele vive atualmente na Austrália, mas a situação ainda afeta a sua paz de espírito. Para ele, apenas o simples ato de relembrar os bons momentos de casa é doloroso.

“É triste porque assim que se começa a pensar nas memórias felizes, você sabe que elas não vão voltar imediatamente”, diz ele com frustração.

Lembranças do Wence da Venezuela

O tempo em família é uma tradição natalina que se foi com a crise. Wence é o mais velho de três, mas nenhum dos seus irmãos vive mais na Venezuela.

De acordo com o último relatório da Organização dos Estados Americanos (OEA), oito milhões de venezuelanos terão deixado o país até ao final de 2020.

“As famílias estão agora separadas. É uma pena que os pais tenham de passar o Natal sem os seus filhos. Ninguém na Venezuela esperava que eles tivessem de passar as festividades sozinhos”, diz Wence.

“A família é a primeira coisa. Por isso [ é triste] quando eles têm de passar o Natal sozinhos. E você têm que passar com os amigos e criar o seu próprio tipo de família fora da Venezuela, porque você também tá praticamente sozinho”.

Mas não ter a família por perto não é a única luta que os venezuelanos têm de enfrentar. Para os que ficaram, reunir-se para celebrar também pode ser uma tarefa difícil do ponto de vista financeiro.

“Alguns dos meus parentes vão se encontrar com os meus pais no Natal e o meu pai está tentando planejar um orçamento para isso. Porque as coisas não estão assim tão boas e não é possível gastar dinheiro em coisas que não são necessárias. Por exemplo, ele tem um orçamento para a comida, mas não pode gastar dinheiro num bolo ou algo do gênero”.

Colocar comida na mesa já é um desafio para a maioria dos venezuelanos. De acordo com o Fundo Monetário Internacional (FMI), a inflação deverá atingir os 10 milhões de por cento em 2019.

“Diria que muitas pessoas da minha família têm de sacrificar uma refeição do dia. Ou comem o café da manhã e almoço, ou almoço e jantar ou café da manhã e jantar, mas nunca todos”, diz ele numa mistura de tristeza e descrença sobre a situação atual da sua própria família.

“Para mim, dizer que a minha avó, as minhas tias, os meus primos fazem isso é tipo: ‘tá de brincadeira comigo?'”.

Apesar do cenário sombrio, ainda há espaço para a esperança – em ambos os lados do mundo. “O meu pai vai sempre a conferências sobre o futuro da Venezuela e como vai ser a situação. Ele ainda tem esperança de que as coisas vão mudar. Há 16 anos que ele diz isso”, diz Wence.

Para ele, a fé de que dias melhores virão também está presente. “Neste momento, o que a Venezuela significa para mim é o futuro. Porque sei que uma vez ultrapassado isto, vai ser um país tão bom. Vai levar uns bons 20 anos para isso, mas eu diria que será um país muito bom para os meus filhos”.

Wence: “No one in Venezuela expected they would have to spend the holidays alone”

“Every year we used to get together as a family and have a massive party, with music, alcohol, and food. A lot of food. Heaps of food. I remember sitting to have dinner four times,” Wence Peraza says with the same enthusiasm of a kid who talks about what they have got for Christmas, as he recalls his youth memories from Venezuela.

The cheerful end-of-year feasts and celebrations now live solely in the nostalgic reminiscence of the Venezuelan people as the country falls deeper into the worst humanitarian crisis ever seen in Latin America. And Christmas became a reminder of what the country could have been but it is not anymore.

Wence Peraza has fled Venezuela more than 10 years ago. He currently lives in Australia but the situation still affects his peace of mind. For him, just the simple act of remembering the good moments from home is hurtful.

“It’s sad because as soon as you start to think about the happy memories, you know they are not coming back straight away,” he says with frustration.

Wence’s memories from Venezuela

Family time is a Christmas tradition that is gone with the crisis. Wence is the eldest of three but none of his siblings lives in Venezuela anymore. According to the last report of the Organization of American States (OAS), eight million Venezuelans will have left the country by the end of 2020.

“Families are apart now. It feels bad that parents have to spend Christmas without their kids. No one in Venezuela expected they would have to spend their holidays alone,” Wence says.

“Family is the first thing. So [it’s sad] when they have to spend Christmas alone. And you have to spend it with friends and create your own kind of family outside of Venezuela because you’re pretty much alone.”

But not having the family around is not the only struggle Venezuelans have to go through. For the ones who stayed, getting together to celebrate can also be a hard task from a financial point of view.

“Some of my relatives are going to meet my parents for Christmas and my dad is just trying to plan a budget for it. Because things are not that good and it’s not possible to spend money on things that are not necessary. For example, he has a budget for food, but cannot spend money on a cake or something like that.”

Putting food on the table is already a challenge for most Venezuelans. According to the International Monetary Fund (IMF), Inflation is expected to hit 10 million per cent in 2019.

“I would say a lot of people in my family have to sacrifice one meal of the day. They either do, breakfast and lunch, lunch and dinner or breakfast and dinner but never all of them,” he says in a mix of sadness and disbelief on the current situation of his own family.

“For me, to say that my grandma, my aunties, my cousins do that is like: ‘are you kidding me?’”

Despite the unholy scenario, there is still room for hope — on both sides of the world. “My dad always goes to conferences about the future of Venezuela and what the situation is going to be like. He still has hope that things are gonna change. He has been saying that for the past 16 years,” says Wence.

For him, the faith that better days will come is also present. “Right now, what Venezuela means to me is the future. Because I know that once we get over this, it’s gonna be such a good country. It’s gonna take a good 20 years for it, but I would say it will be a really good country for my kids.”

Suely: The sadness that won’t leave the Córrego do Feijão

“My facial expression has even changed, I don’t smile as I do here anymore,” says Suely while she shows me the cover of a 2014 tourism magazine she featured because of her restaurant at the “Córrego do Feijão”.

Today, the Casa Velha restaurant is rented out to Vale and the wood-fired oven and the smell of homemade food is just one distant memory. The place now only bears the sadness and nostalgia of what it could have been if there was no disaster.

I met Suely at Brumadinho City Hall. She carried a sad look, a tired face and a heavy walk. The four walls of the administrative environment didn’t have any resemblance at all to the rural ambience of “Córrego do Feijão”. She seemed almost out of context in that place. 

She didn’t want to talk to me the first time I went there. She felt a lot of pain, both physical and emotional, and told me that she couldn’t talk about the tragedy without crying.

I came back the next day. And I asked her about her passions, in an attempt to soften the melancholy that surrounded her. “I’ve always been a nature lover, and that I inherited from my father. Everything was good for him. If he had rice, beans, pumpkins, everything from the backyard, in his plate, for him this was the most delicious food,” she recalls with affection.

Born and raised in “Córrego do Feijão”, Suely had her neighbourhood as “a corner of heaven”, where she cultivated her father’s love for nature. Where she dreamed of having her own house and her garden to cook homemade food for the community.

After 25 January, this dream was dragged along with the mud of the dam that collapsed. And the future became uncertainty. “So, what my father left for me to finish and what I liked to do, I can’t accomplish anymore. And I can’t help but thinking ‘will I be able to live where I grew up?”. 

These are Suely’s dilemmas today, in the face of the uncertainty left by the tragedy, especially in relation to the environmental consequences of the disaster, like soil contamination.

“This uncertainty has definitely aged me about 5 years from January until now. I’m sure I have aged. Because I’m in much more pain than before. And sadness, so much sadness. Living with it is very harmful to my health and it has certainly reduced my years of life,” she tells me with the hopelessness of those who were marked by tragedy.

For her, there is nothing to make the dam collapse be forgotten and, like many of the residents of the “Córrego”, Suely is only moving on with the help of medication. 

“The longest stretch that the mud has covered, I see it every day when I  come to work and to return home. So, it seems that it will never end. I’ve never taken medicine before and today I take it to sleep,” she says. “This sadness, in my opinion, will never leave Brumadinho, never again. It’s something that will never get out of my memory. I didn’t expect to die with this in my mind.”

The images of the days that followed the disaster still follow her, in a nightmare from which it is not possible to wake up. “I saw scenes worse than war. Helicopters arriving with bodies in those baskets, dripping with mud, 15 meters from my eyes. And we wonder: ‘who will it be? Will it be my friend? Is it someone’s mother? Is it someone’s son?’ These are scenes that will never fade from my memory,” she tells with the vivacity of those who are now haunted by the chaos of the mud.

In the end, she cannot contain the tears and leaves one last message. “What I would like to say is that all this should have been spared if it had not been the greed for money. There is no need to earn so much, to so much evil. That should have been spared. That’s all for me. Greed for money caused all this. For me, nothing will ever pay this cowardice,” Suely concludes.